Así es crecer en una familia espiritual

Bastante pronto en la vida me di cuenta de que lo que pasaba en mi familia no pasaba en las demás. Nuestras estanterías estaban repletas de libros de viajes iniciáticos, de ángeles de la guarda y de cómo conectar con tu yo superior. Mi padre meditaba por las mañanas e iba a retiros de silencio y mi madre hacía regresiones a vidas pasadas y estudiaba Un curso de milagos. Todo eso mientras yo de puertas para fuera intentaba dar una imagen de normalidad: «Vale tía, ¿entonces a qué hora quedamos para el botellón?».

Es un poco como en la serie Sabrina donde tienes una doble vida, por un lado inmersa en la brujería de tu familia, y por otro tratando de encajar en un instituto de extrarradio a finales de los noventa. Especialmente porque en aquella época estas cosas eran todavía más marcianas. El término ‘desarrollo personal’ ha sido una lavada de cara de la ‘autoayuda’ de toda la vida que al principio no se conocía y luego cayó en desgracia por razones que desconozco.

La espiritualidad nunca ha sido bienvenida

Pero todos sabemos que la búsqueda del sentido de la vida viene de bastante lejos. Las alternativas espirituales a las religiones hegemónicas eran castigadas en la edad media por la Inquisición y ahora son lapidadas por esta corriente de cientificistas que tampoco permite que respire nada que ellos no entiendan. Por eso siempre ha sido más prudente mantener estas cosas de puertas para dentro, al menos mientras no estuvieras preparado para arder en la hoguera de la opinión pública.

Sin embargo llegó un momento en el que estar en el armario de la espiritualidad se me hizo incluso más doloroso que perder credibilidad ante cuatro colegas escépticos y además la rabia me estaba consumiendo, así que dije basta. Fue entonces cuando empecé el Máster de Desarrollo Personal y Liderazgo de Borja Vilaseca y, te preguntarás: ¿Si llevabas toda la vida ‘mamando’ libros de autoayuda para qué vas a buscar más de lo mismo?

Un caminos que otros ya habían hecho

Pues porque, como buena adolescente, te vas a construir en oposición a lo que tus padres sean, y mi caso no fue una excepción. Aunque no lo rechazaba del todo, muchas veces mi actitud era de ‘ya estáis otra vez con vuestra chapa espiritual’, especialmente porque cada uno tenía la suya y a veces, sobre todo después de divorciarse, podían ser completamente opuestas. Mientras uno creía que tu vida y sus acontecimientos eran el resultado directo de tus propios pensamientos, el otro consideraba que una jerarquía de entidades no perceptibles por el ojo humano guiaba tu vida según sus intereses al más puro estilo Matrix.

El caso es que durante mi máster, en el que cada fin de semana tenía un taller sobre una filosofía vital diferente, mientras mis compañeros se horrorizaban ante la idea de compartir estas ‘nuevas’ ideas con sus familiares, yo llegaba a mi casa y me decían: «Sí cariño, tenemos un libro de eso en la estantería, lo compramos en el 97» o «Ah claro, tu padre y yo probamos ese tipo de técnica oriental cuando estábamos en la universidad».

Nadie lo puede entender por ti

Yo me preguntaba por qué, si he tenido todas estas metodologías al alcance de la mano, no me he ahorrado ni un ápice de sufrimiento. Y llegué a la conclusión de que nadie le puede ahorrar a nadie el hecho de recorrer su propio camino. Yo escuchaba las ideas de mis padres pero no las experimentaba porque no había llegado a tocar ese fondo que me impulsara a pasar de la teoría a la práctica. Una cosa es creer o saber y otra es masticar, tragar y vivir desde otro lugar. Es la misma diferencia que entre predicar mientras haces lo contrario y predicar desde el ejemplo.

Así que les agradezco profundamente a mis padres que compartieran con mis hermanas y conmigo su búsqueda y que nos permitieran desarrollar lo que llevábamos dentro en lugar de intentar convertirnos en lo que ellos creyeran. Pero ahora he entendido que cuando llegas a esta vida eres una roca y solo puedes convertirte en una exquisita escultura a base de golpes. Puedes tomártelos a la tremenda o bailar al ritmo que marca lo que te sobra al caer. Y eso no me lo podían enseñar mis padres, por muy espirituales que fueran, este camino lo he tenido que hacer yo sola.

Cristina Pop
info@cristinapop.es

Periodista y comunicadora